4 de julio de 2015

La luz anfibia





















Montaña rusa descentrada. En camino tan solo, el saludo del chofer a un automovilista que lo cruza enciende como atado de paja seca un rito legendario de reconocimiento a partir del misterio de la cara. Ahora el fresno. El tala al costado. El álamo como un desahogo de la reverberación. Tal vez ese álamo era yo. Egloga. Cuéntenme de un Virgilio uruguayo. ¿Aquí nadie fue testigo del nacimiento de una lengua, ese arcano?
¿Qué peces tienen? ¿Sirenas no? ¿El Uruguay es volver uno a su casa? Hotel Nirvana. A tres kilómetros. Gigantesco cartel inclinado con la flecha hacia arriba: ¿a causa del viento?, ¿a caua de la verdad? Imposible no pensar que debe ser grande, grande, grande, cocinas pobladas de ángeles. Palmeras ahora. Coros de cardos, mejoradores del campo. Casuarinas. Las vacas pastan a unos cincuenta centímetros del suelo. Hora en que el viajante de comercio descuida el lado de la sombra, en que las flores de cardo se quedan sin anécdotas. Un auto parece inmovilizarse, abandonarse por unos instantes encima de la balanza de las flores. Otro auto lo desaloja. Se abren tres caminos como tres solitarias señoritas. Las casitas en la pendiente. La repechan, no se quedan quietas. La motocicleta sola en la banquina. Angel vestido de civil. Todo el tiempo palmeras. No se termina una loma cuando ya empieza la siguiente. Mansilla entre palmeras. No se hartan de pastar, todo el tiempo palmeras. Unos perros achacosos cruzan. Hombre en mangas de camisa. Tobogán al que subimos, y siempre quedamos más abajo, siempre quedamos más altos. Ahora el árbol que pasó (aromos negros, dice Mario). Alamos. Girasoles: nos acompañamos un trecho. Amarillo de las lomas. Y hacia nosotros verde. Como agua que corre la collera de sauces, las montañitas hacen el viaje y nosotros miramos. El chofer paró el ómnibus, se bajó y se perdió detrás de un árbol. Nosotros nos quedamos pensativos. A los dos minutos hizo abandono del árbol con cargo de inspector para marcarnos el boleto que él mismo nos vendió al salir. El camino, gradualmente. Eucaliptos ahora. Retrocedemos ligeramente, pero casi nadie se da cuenta porque se viene la noche -que por ahora es esa loma arbolada de azul.





"Viaje en ómnibus de Colonia a Montevideo", Arnaldo Calveyra, 1956.
Fotografía por Limbos (Montevideo, sin título).


8 comentarios:

  1. Este maravilloso ensayo, (el más breve de los reunidos en "El caballo blanco de Mozart" que publicó La Bestia Equilátera, es delicioso, Tristán, y cada día me pongo más fanático de esta casa, este rincón, esta guarida.
    Gracias genio...

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  2. Tris:
    Un aliento especial, pura literatura, sensible sin filtro.
    Como la foto de Limbos, que tiene detalles alucinantes.

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  3. Anfibio:
    Ambas vidas, ambas orillas...
    Tá...

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  4. Gracias Tristán, un abrazo desde la costa...

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  5. Estimado Tristan:
    La sensación del traqueteo del ómnibus en el relato.
    Como si avanzara entre lomas.
    Impresionante!
    La fotografía!
    Un saludo desde Guayaquil!
    Genio looco!

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  6. Hay momentos sublimes en este blog, estimado Tristán:
    Este es uno de ellos...

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  7. Maravilloso relato, como la nueva cara de este entrañable blog, al que siempre vuelvo

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  8. Querido Tristán:
    Yo hice este viaje y terminé en el mercado de la impresionante fotografía de Limbos.
    Un hermoso poema...

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