13 de julio de 2015

Prisma





















Ser indigente es un trabajo a jornada completa. Ser pobre es un trabajo a jornada completa. Eso es lo que no entienden quienes echan en cara a las personas desfavorecidas que no salgan al mundo y busquen un empleo. Ya tienen un empleo, y ese empleo es la supervivencia. Hay que ponerse temprano en la cola para recibir alimento, y mas temprano aún para tener un sitio donde dormir. Uno acarrea sus pertenencias a la espalda, y cuando dejan de servirle, rebusca en la basura para sustituirlas. Uno sólo tiene cierta cantidad de energía que consumir, porque sólo dispone de cierta cantidad de alimento con que nutrir el cuerpo. La mayor parte del tiempo está cansado y dolorido, y lleva la ropa húmeda. Si la poli lo encuentra durmiendo en la calle, lo obliga a ponerse en marcha. Con un poco de suerte, lo trasladarán a un refugio, pero sin no quedan camas libres, o no hay colchonetas disponibles en el suelo, tendrá que dormir sentado en una silla de plástico en la recepción, con todas las luces encendidas porque eso impone el reglamento contra incendios. Así que uno vuelve a las calles, porque al menos ahí puede tumbarse a oscuras y, a lo mejor, dormir. Cada día es igual, y cada día uno es un poco mas viejo y está un poco mas cansado. 
Y a veces recuerda quién fue en otro tiempo. Fue un niño que jugaba con otros niños. Tuvo unos padres. Quiso ser bombero o astronauta o ingeniero ferroviario. Tuvo un marido. Tuvo una mujer. Fue amado. Nunca habría imaginado que acabaría así.
Uno se acurruca en la oscuridad y espera que la muerte le dé un último y venturoso beso de despedida.





Fragmento de John Connolly, de  "The Wolf in Winter" (Tusquets, 2015)
Fotografía de Alice Wessendorf  "Ferris Wheel Dreaming" 2010