5 de julio de 2008

El callejón oscuro


Enanos nocturnos. Un desconocido callejón los descubre listos para la fiesta. Desde chico tuve la inclinación a crear a mi alrededor un mundo ficticio, rodearme de enanos de cemento a quienes les atribuía una personalidad y una historia inexistentes. Pero lo cierto es que ahí están, desmintiendo todas mis dudas.


La noche es inmortal como los enanos de jardín. Cuando dormimos ellos no detienen su devenir. Son la espera hasta nuestro nuevo día. La noche los cobija, los proteje, los hechiza con su rocío de plata, cómplice y amiga. Ambos comparten una naturaleza indefinible pero concreta. Están ahí, héroes de un mito perdido, héroes cansados pero sonrientes, navegando en el tiempo hasta nuestros sentidos ebrios de locura. Tenemos en común con la noche y los enanos el silencio, los recuerdos, la propia historia.


Nuestros recuerdos son como enanos de cemento. Sin interrupción ni correcciones ni explicación. Fabricados con moldes de realidad. (¿Acaso somos más reales que ellos? En estas cosas, como en todas, no deberíamos ser tan dogmáticos).